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10 may 2020

Manual de autosuficiencia ética (Parte XII)

"Cuidado con los que callan.
No es que no tengan nada que decir.
Es que temen escuchar sus propias palabras"
(-Mudos- Frase de Joan Barril)

Amélie Nothomb (1967).- La mujer en Japón
"Existe uno, sí. Un único camino al que tienes pleno derecho, a no ser que hayas cometido la estupidez de convertirte al cristianismo: tienes derecho a suicidarte. En Japón, es sabido que el suicidio constituye un acto de gran honor. Y no se te ocurra pensar que el más allá es uno de esos alegres paraísos descritos por los simpáticos occidentales. Nada es tan estupendo en el otro lado. Para compensar, piensa en lo que realmente merece la pena: tu reputación póstuma. Si te suicidas, tu reputación será deslumbrante y se convertirá en el orgullo de tus allegados. Ocuparás un lugar de honor en el panteón familiar: ésa contituye la mayor esperanza que puede albergar un ser humano.
   Tambien puedes no suicidarte, es cierto. Pero entonces, tarde o temprano, no lo resistirás y cometerás cualquier deshonor: tendrás un amante, o te harás bulímica, o te volverás perezosa, vete tú a saber. Hemos observado que los humanos en general y las mujeres en particular tienen dificultades para vivir durante mucho tiempo sin cometer algunos de esos pecados relacionados con lo placeres carnales. Si desconfiamos de esto último, no es por puritanismo: lejos de nosotros esa obsesión americana.
    En realidad, vale más evitar el placer porque hace sudar. Y no existe nada más vergonzoso que el sudor. Si comes a grandes bocados tu tazón de pasta hirviendo, si te entregas al frenesí del sexo, si pasas el invierno dormitando junto a la estufa, sudarás. Y ya nadie podrá dudar de tu vulgaridad.
   Entre el suicidio y la transpiración, no lo dudes. Derramar tu sangre es tan admirable como innombrable resulta derramar tu sudor. Si te das muerte, no sudarás nunca más y tu angustia habrá terminado para siempre.
   No creo que la suerte de los japoneses resulte mucho más endiviable. En realidad, incluso opino lo contrario. La nipona, por lo menos, tiene la posibilidad de librarse del infierno de la empresa casándose. Y no trabajar en una empresa japonesa me parece un fin en sí mismo.
   Pero el nipón, en cambio, no es un ser asfixiado. No se ha destruido en él, desde su más tierna edad, todo rastro de ideal. Conserva uno de los derechos humanos más fundamentales: el derecho a soñar, a tener esperanzas. Y lo ejerce. Sueña con mundos quiméricos en los que es libre y dueño de sus actos.
   La japonesa carece de semejante recurso, si ha sido bien educada - y la mayoría lo han sido-, le ha sido amputada. ësta es la razón por la cual proclamo mi más profunda admiración por toda nipona que todavía no se haya suicidado. Por su parte, seguir con vida constituye un acto de resistencia de un valor tan desinteresado como sublime". (Amélie Nothomb, su libro "Estupor y temblores", de 1999).

Hisako Matsubara (1935) .- La Desolación.
"Hacía ya mucho tiempo que se sabía perfectamente que en Kobe y Osaka no había forma de combatir los grandes fuegos. El enorme número de bombas incendiarias que caían del cielo por la noche, unido a la velocidad con que el fuego se extendía por todas partes, hacía inútil todo intento de apagar las llamas con cubos de agua. Se decía, además, que el fuego había llovido del cielo como una masa ardiente y viscosa, y que donde caía una gota el fuego se encendía y no podía apagarse con agua. Cada gota que caía sobre la ropa se abría rapidamente un ardiente camino hacía la piel y a través de la piel hasta la vida misma. Desde que se supo que los norteamericanos eran capaces de borrar del mapa una ciudad entera con una bomba-relámpago inmensamente poderosa lanzada por un solo avión, era casi imposible levantar la vista hacia el cielo sin angustia. Los norteamericanos habían lanzado el rayo dos veces, sobre Hirosima Y Nagasaki...
   -Si tenemos que morir todos al mismo tiempo- dijo un hombre-, ¿quién quedará para ocuparse de nuestras almas?.
   -Tampoco a mí me gustaría- dijo el anciano Nakamura-, que el rayo nos destruyera a todos al mismo tiempo. Si sucediera así, toda la ciudad se llenaría de almas errantes perdidas.
   Los niños ya no jugaban a la pelota: Se habían callado, mirando con los ojos abiertos de par en par y escuchando lo que decían los viejos.
-¿Quién quedará para transmitir la memoria de los muertos a los niños?- preguntó una mujer que se había incorporado al grupo-. ¿Quién pondrá arroz y agua todos los días para las almas de los muertos?.
   Miraron a su alrededor como si el fuego lo hubiera consumido todo, como si las casas hubieran desaparecido, como si la ciudad familiar y el valle de Kyoto no fueran más que un desierto de cenizas sin un solo ser humano, habitado únicamente por almas errantes.
   El anciano Nakamura les recordó con voz firme que el Guji del santuario Shinto de la colina había dicho más de una vez que Kyoto no sería destruido y que Japón perdería la guerra..."
(Hisako Matsubara, de su libro "Pajaros del Crepusculo", de 1981, edt Tusquets)

Marguerite Duras (1914-1996) .- La joven amante.
"Un día, ya entrada en años, en el vestíbulo de un edificio público, un hombre se me acercó. Se dio a conocer y me dijo: "La conozco desde siempre. Todo el mundo dice que de joven era usted hermosa, me he acercado para decirle que en mi opinión la considero más hermosa ahora que en su juventud, su rostro de muchacha me gustaba mucho menos que el de ahora,devastado".
   Pienso con frecuencia en esta imagen que sólo yo sigo viendo y de la que nunca he hablado. Siempre está ahí en el mismo silencio, deslumbrante. Es la que más me gusta de mí misma, aquella en la que me reconozco, en la que me fascino.
   Muy pronto en mi vida fue demasiado tarde. A los dieciocho años ya era demasiado tarde. Entre los diociocho y los veinticinco años mi rostro emprendió un camino imprevisto. A los dieciocho años envejecí. No sé si a todo le ocurre lo mismo, nunca lo he preguntado. Creo que me han hablado de ese empujón del tiempo que a veces nos alcanza al transponer los años más jóvenes, más gloriosos de la vida. Ese envejecimiento fue brutal. Vi como se apoderaba de mis rasgos uno a uno, cómo cambiaba la relación que existía entre ellos, cómo agrandaba los ojos,cómo hacía la mirada más triste, la boca más definitiva, cómo gravaba la frente con grietas profundas. En lugar de horrorizarme seguí la evolución de ese envejecimiento con el interés que me hubiera tomado, por ejemplo, por el desdarrollo de una lectura. Sabía, también, que no me equivocaba, que un día aminoraría y emprendería su curso normal.
Quienes me conocieron a los diecisiete años, en la época de mi viaje a Francia, quedaron impresionados al volver a verme, dos años después, a los diecinueve. He conservado aquel nuevo rostro. Ha sido mi rostro. Ha envejecido más, por supuesto, pero relativamente menos de lo que hubiera debido. Tengo un rostro lacerado por arrugas secas, la piel resquebrajada: No se ha desecho como algunos rostros de rasgos finos, ha conservado los mismos contornos, pero la materia está destruida. Tengo un rostro destruido.
   Diré más, tengo quince años y medio.
   El paso de un transbordador por el Mekong.
   La imagen persiste durante toda la travesía.
   Tengo quince años y medio, en ese país las estaciones no existen, vivimos en una estación única, cálida, monótona, nos hallamos en la larga zona cálida de la tierra, no hay primavera, no hay estaciones..." ( Marguerite Duras, de su libro "El amante" de 1984)

 
Este Manual de Autosuficiencia Ética, está compuesto de fragmentos breves recogidos con la intención de facilitar el pensamiento y el desarrollo personal, recordando y exponiendo los interesantes ideales de diferentes personalidades de la historia, donde se abarcan conceptos diversos como los: filosóficos, políticos, sociales, literarios, artísticos, ficción y etc..., todavia muy válidos para la actualidad. 
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