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7 mar 2022

Guerra y Paz, escrito de H. Hesse.

 "Sin duda tienen razón quienes dicen que la guerra es el estado original y natural. El hombre, como animal, vive mediante la lucha, vive a costa de otros, teme y odia a otros. La vida es, pues, guerra" (H. Hesse).


*"Más difícil resulta definir lo que significa la -paz-. La paz no es un estado original paradisíaco, ni una forma conseguida por un acuerdo de convivencia organizada. Paz es algo que en realidad no conocemos; algo que sólo ansiamos y vislumbramos. La paz es un ideal. Es algo indescriptiblemente complicado, lábil y siempre amenazado. Basta un soplo para destruirla. Incluso es más raro y difícil que cualquier otro logro ético o intelectual que dos personas, dependientes una de otra convivan en verdadera paz. ☮️

   Sin embargo, la paz es muy antigua, como pensamiento y deseo, como objetivo e ideal. Hace milenios que existe el poderoso mandamiento de - ¡no matarás!-, que desde hace milenios, también, es básico. Que el ser humano sea capaz de tales palabras, de tan enormes exigencias, le caracteriza más que cualquier otra cosa; le separa del animal; le separa también, aparentemente, de la naturaleza.

   El hombre -eso sentimos ante tan imponentes palabras- no es un animal; no es nada concreto, formado y terminado, nada único ni unívoco, sino algo en formación, un intento, una previsión y un futuro, proyección y anhelo de la naturaleza, que busca nuevas formas y posibilidades. ¡No matarás!  constituyó en la época en que por primera vez sonó una exigencia de prodigioso alcance. Era como si el orden hubiera rezado: ¡No respirarás!. Parecía irrealizable, absurdo, desastroso. No obstante, las formidables palabras conservaron su fuerza durante muchos siglos y valen aún hoy: crearon leyes, conceptos y tratados de ética, han dado frutos y sacudido y roturado la vida humana como pocas otras palabras.

   El -¡No matarás!- no es el inflexible mandamiento  de un altruismo doctrinario. El altruismo es algo que no se da en la naturaleza. Y -¡No matarás!- no significa que no se puede hacer daño al prójimo. Quiere decir: no debes private a ti mismo. Porque el prójimo no es un extraño, no es algo lejano, sin relación y viviendo para sí solo. Todo lo del mundo, todos de esos miles de - otros - sólo existen para mí en la medida que yo los veo, los siento, me relaciono con ellos. Y mi vida sólo se compone, en realidad, de las relaciones entre el mundo y yo, entre yo y los - otros -.

 El camino recorrido por la humanidad hasta ahora consistió en conocer y vislumbrar esto, en palpar está complicada verdad. Hubo progresos y retrocesos. Hubo momentos de luz, con los que luego no supimos construirnos más que oscuras leyes y cuevas de la conciencia. Hubo cosas extrañas como el gnósticismo y la alquimia, de las que hoy en día algunos creen saber con certeza lo insensatas que fueron, cuando quizá constituyeron, en su día, altas cumbres en el camino de la humanidad hacia la comprensión. Y de la alquimia, que fue un camino hacia la más pura mística y el total cumplimiento del ¡No matarás!, hicimos - sonrientes y con un gesto de superioridad- una ciencia técnica que produce explosivos y venenos. ¿Donde está aquí el progreso? ¿Donde el retroceso? No hay ni una cosa ni otra. 

   También la gran guerra de estos años nuestra ambos rostros. La enormidad de muertes y las crueles técnicas de asesinato se parecen sospechosamente al retroceso, diríase incluso que son una burla de cada intento del progreso y del espíritu. Algunas nuevas necesidades, comprensiones y afanes que ha hecho madurar la guerra se nos antojan, en cambio, casi un adelanto. Cierto periodista creyó poder despachar todas estas cosas del espíritu con la expresión de -moda de la, internalización-, pero ¿no andaba muy equivocado ese hombre? ¿No despreciaba con sus duras palabras precisamente lo más vivo, lo más delicado, lo más esencial y profundo de nuestra época?.

   Totalmente errónea era, de cualquier forma, la opinión que con tanta frecuencia se oía durante la guerra: que, dadas sus dimensiones y su horrenda y gigantesca mecánica, está guerra serviría para que las futuras generaciones temieran la reproducción de semejantes conflictos. El temor no es un medio educativo. A quien disfrute matando, la guerra no le quitará las ganas. Tampoco servirá de nada la evidencia de los daños materiales que una guerra causa. Las acciones de los hombres no se deben ni en una centésima parte a consideraciones razonadas. Uno puede estar plenamente convencido de lo absurdo de cualquier acto, y sin embargo, llevarlo a cabo con todo entusiasmo. Toda persona vehemente actúa así.

   Por eso mismo, yo no soy pacifista, como muchos de mis amigos y enemigos opinan. Yo creo tan poco en la consecución de una paz mundial por la vía racional, mediante predicación, organización y propaganda, como en el descubrimiento de la piedra de la sabiduría mediante congresos de química.

   ¿Cómo podrá llegar al mundo algún día, no obstante, la verdadera paz? No por medio de mandamientos, ni tampoco a través de experiencias materiales. Esa paz, como todo progreso humano, tendrá que venir del conocimiento. Más el conocimiento, si no entendemos bajo esta palabra nada académico, sino algo vivo, tiene sólo un objeto. Es reconocido mil veces por miles, y expresado de mil maneras distintas, pero constituye siempre una sola verdad. Es el conocimiento de lo que vive en nosotros, en cada uno de nosotros, en ti y en mi, de la secreta magia, de la secreta divinidad que cada uno de nosotros lleva dentro de sí. Es el conocimiento de la posibilidad de compensar en todo momento, partiendo de este punto más íntimo, todos los pares opuestos, la transformación de lo blanco en negro, de lo malo en bueno, de la noche en día. El hindú dice atman; el chino tao y el cristiano gracia. Donde existe aquel supremo conocimiento (como en Jesús, en Buda, en Platón, en Lao Tse), se traspasa un umbral tras el que comienzan los milagros. Allí no hay guerra ni enemistad. Eso nos lo dicen en Nuevo Testamento y los discursos de Gitana, pero quién quiera puede reírse de ello y llamarlo -moda de internalización-. Quien de veras lo experimente, verá en el enemigo a su hermano, en la muerte un nacimiento, en la ignominia un honor, en la desgracia un destino. Todo, en la Tierra, se nos muestra doble: una vez como de este mundo, y otra, de otro mundo. Ahora bien, este mundo significa lo que queda fuera de nosotros. Y todo lo que queda fuera de nosotros puede convertirse en peligro, en enemigo, en temor y muerte. Con la experiencia de que todo esto exterior no sólo es objeto de nuestra percepción, sino a la vez creación de nuestra alma, con la transformación de lo exterior en interior, del mundo en el yo, empieza en amanecer.

   Yo digo trivialidades. Pero del mismo modo que todo soldado muerto a tiros representa la eterna repetición de un error, también la verdad será repetida siempre de mil maneras". (Escrito del 6 de octubre de 1918, bajo el título de Pensamientos).

 Herman Hesse nació el 2 de julio de 1877 en Calw, Württenberg, Alemania. Hijo de misionero de origen báltico Johannes Hesse, y de Marie Gundert. En 1911 viajó a la India, y durante la I Guerra Mundial se trasladó a la Suiza Meridional. En 1942 recibió el Premio Nobel de Literatura. Muere en Montagnola ,Ticino, Suiza, el 9 de agosto de 1962. 

  Sus obras más admiradas entre su extensa literatura y pensamientos son: Peter Camenzind publicado en 1903, Bajo la Rueda en 1906, Gertrud en 1910, En el Camino (poemas) de 1911. En el período 1914- 1919, durante la guerra se dedica a la ayuda a los prisioneros, y aparecen algunas publicaciones relacionadas con ellos. Demian en 1919, El Lobo Estepario y Viaje a Núremberg en 1927, Narciso y Goldmundo en 1930, Siddhartha en 1931, Viaje a Oriente en 1932, en el período de 1932-1942 trabaja en su novela El Juego de Abalorios donde en 1943 aparece en Zúrich al ser prohibida por los nazis en Alemania. Todavía en la actualidad sigue siendo un referente y admirado escritor. 

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Este es un pretencioso Manual de Autosuficiencia Ética, que puede estar compuesto en diferentes partes, formado a base de fragmentos breves recogidos con la intención de fomentar su lectura, de facilitar el pensamiento y el desarrollo personal. Recordando, exponiendo y respetando, los interesantes ideales de diferentes personalidades de la historia, donde se abarcan conceptos diversos como los: sociales, filosóficos, políticos, literarios, artísticos, ficción y etc..., todavía muy válidos para la actualidad. Porque, en sí, leer ya es un acto ético.

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